El Juez Sergio Moro: Una esfinge de hielo descongelándose en los trópicos

Un monumento a la transparencia se erige en la fría Curitiba. Una esfinge de hielo, fría para decidir, dura para romper, vanidosa al aparecer y  mesiánica para actuar. Digna de la perfección del agua límpida congelada, como muy pocos en el país tropical. Todos buscan su bendición. Algunos ríen junto a ella en actos políticos, otros veneran su existencia en el medio del vendaval por ser tan clara y cristalina entre tantas “parias corruptas”, mientras algunos oran en templos invocando a Dios y otros golpean los cuarteles en búsqueda de orden y progreso. 

La esfinge se hizo famosa e impoluta, al lograr lo que nadie creía que podía lograr. El 7 de Abril de 2018, condenó a prisión a la “paria corrupta mayor”, y el Brasil, mulato gigante lusófono comenzó a caer. Meses más tarde la esfinge, con un tatuaje de la Red O Globo en su nuca, sustituyó a la estatua ciega de la justicia, luego de que el capitán Maluco arribase al Planalto.

Así la esfinge se trasladó a Brasilia, con la misión de transparentar el país. Sin embargo, su esplendor duró poco, y el calor de los trópicos vulneró sus cristales transparentes. A la luz de los ojos del mundo, sus cristales se tornaron opacos, y la esfinge entró en deshielo, luego de que se escuchasen sus crujidos internos. Esos crujidos que aparentaban ser halos de justicia, terminaron siendo solo operaciones sonando, y que nadie quería escuchar.

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“Y la televisión brasileña, distrayendo a la gente con su novela” recitaba la cantante Anitta en su actuación junto al conjunto de música electrónica Jetlag, al versionar el samba de Leci Brandão “Zé do Caroço” en un festival en Florianópolis. Sin embargo ya hoy la telenovela no distrae al pueblo brasileño, sino que este ya vive dentro – no de una telenovela de la O Globo, sino – de una serie de Netflix en colaboración de O Globo.  Así como “O Mecanismo” fue la serie que buscó retratar el Lava Jato, una de las cruzadas contra la corrupción paradigmáticas junto al “Mani Pulite” italiano; el escandaloso Vaza Jato, las entregas de las escuchas y transcripciones de conversaciones vía la red social Telegram, publicadas por el medio digital The Intercept Brasil, entre el fiscal Deltan Dallagnol y el juez Sergio Moro, acerca del armado de causas para incriminar al ex presidente Lula y dejarlo fuera de la carrera presidencial, se convirtió en su alter ego.  

A un mes de este escándalo ¿Qué cambió en Brasil? ¿El “superministro” de justicia brasileño está en su ocaso? La Operación Lava Jato ¿Fue una operación para allanarle el camino a la presidencia a Jair Bolsonaro? ¿Contribuye este escándalo a la orquesta tronadora del gobierno brasileño? Entendamos su contexto.

Con el estallido de la Operación Lava Jato, se inició una cruzada mesiánica anticorrupción sin precedentes en el país. Esta llevaría al apresamiento de funcionarios del gobierno del Partido de los Trabajadores (PT) y otros dirigentes políticos y empresarios. De este modo la figura del juez Sergio Moro, esfinge de la transparencia, comenzó a ser enaltecida por los principales medios de comunicación – particularmente la Red O Globo – y apoyada por movimientos como el “Movimento Brasil Livre (MBL)” o “Vem pra Rua” que exigían mayor transparencia al gobierno nacional, como gran parte del arco opositor. Así la legitimidad de las urnas de un 51,6% en segunda vuelta en 2014 de Dilma Rousseff fue efímera, y Brasil ingresó en un sin fin de réplicas de temblores políticos. 

Figuras mesiánicas como Moro y la Operación Lava Jato pueden ser encuadradas en lo que Boaventura Sousa Santos  llama “justicia espectáculo”. Un fenómeno en el cual el activismo judicial visibiliza los casos de mayor relevancia pública, nutriéndose de la mediatización. De esta forma se da paso a la jusristocracia, término de Ron Hirschl que la entiende como el marco de las luchas económicas, políticas y sociales para la configuración del sistema político. Es decir la judicialización política para la pulverización de un orden en aras de la creación de uno nuevo de vertiente neoconservadora.

En este marco se entiende el articulado detrás de esta cruzada,  entre el empresariado nacional y transnacional, las iglesias neopentecostales, los medios de comunicación y las fuerzas armadas y de seguridad como garantes de la preservación de la nación brasileña constituyendo el proyecto neoconservador vigente, teniendo como figura aglutinante a Jair Messias Bolsonaro, y a la esfinge justiciera de Sergio Moro como garante de transparencia como “superministro” de justicia. 

En la primera entrega de dichas transcripciones se expone el nerviosismo por parte de Dallagnol de cómo vincular los procesos judiciales del ex presidente a través de un argumento sólido. Mientras que en la segunda se da cómo se invalidó una entrevista de Lula con el Folha de São Paulo previo a la segunda vuelta porque podría favorecer al candidato del PT Fernando Haddad frente a Bolsonaro. 

Hoy Moro se encuentra cuestionado por la opinión pública, y los medios de comunicación – los mismos que lo posicionaron como paladín de la justicia – que piden su renuncia. Sin embargo, no ha variado su poder dentro del gobierno brasileño. Si hay una razón de por qué no cae, es por el propio sostén que le brinda Bolsonaro. Así como él allanó el camino para llegar al Planalto, hoy el presidente es quien lo sostiene a través de declaraciones y actos públicos, como tenerlo sentado a su lado en el palco del mítico Maracanã durante la final de la Copa América reciente. Un gesto que habla mucho de su rol dentro del gobierno, sobre todo en desmedro de otras figuras relevantes de las Fuerzas Armadas como el vice presidente Hamilton Mourão. 

MORO BOLSONARO

El gobierno brasileño hoy es un tenso y endeble tejido conformado por el ala neoliberal (que apoya al controvertido ministro de economía Paulo Guedes), el ala neopentecostal, el ala de las fuerzas armadas, y ala “olavista” seguidores del filósofo conservador Olavo de Carvalho, el cual entra en conflicto constantemente. Por lo que lo sucedido con Moro debió ser neutralizado a través de una campaña comunicacional – principalmente vía redes sociales con el fin de evitar mayores tensiones – especialmente en un contexto en el que se aspira a concretar la aprobación de la reforma previsional como gesto al mercado, el cual ya comienza a desconfiar del gobierno de Bolsonaro y sus promesas; con una imagen negativa del 30%.

De esta forma el fantasma de Fernando Collor de Melo, aquel presidente que asumió con promesas de transparencia, progreso y lucha anticorrupción al igual que Bolsonaro, y que cayó por hechos de corrupción en 1992, circunda al actual presidente en el medio del Moro Gate. 

Así como la espectacularidad de la justicia mediatizada, y la del proceso Lava Jato funcionaron para el desgaste del gobierno del Partido de los Trabajadores y la instauración de un gobierno neoconservador; la misma que en aras de la transparencia se motivó a la filtración – justamente por Moro y el fiscal Dallagnol – de conversaciones personales como las de Lula y Dilma previo al impeachment para fogonear a la opinión pública en favor del impeachment; fue la misma que expuso a ellos mismos y sus maniobras. Algo así como cantaba Chico Buarque en su canción “Calice”: “quiero probar de mi propio pecado, quiero morir de mi propio veneno”. Sin embargo, aunque la esfinge justiciera haya entrado en deshielo, aún sigue viva y con poder. 

Aristóteles entendía que el espectáculo era el primero de los principios constitutivos de la tragedia, por la que entablaba empatía con el espectador con el actor del escenario. Así sucedió durante la cruzada judicial, aunque en esta tragedia greco tropical, fue la democracia brasileña la que cayó herida de muerte.

 

Escribe Ignacio Dangelo
Licenciado en Ciencia Política y Relaciones Internacionales.

Ilustra Jorge Chacoma

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