Dolor y Gloria de Pedro Almodóvar

“¿Cómo puede ser que mi cine guste tanto en Islandia?”

El personaje de Antonio Banderas dialoga el título de este artículo sentado en la sala de espera de un hospital. Dolor y Gloria (2019), es la última película de Pedro Almodóvar que, después de su paso por Cannes, se estrenó ayer en Argentina. Un film que se hace muchas preguntas y se las responde, cosa extraña en los largos autobiográficos. Porque, indudablemente, este ES un film autobiográfico, una declaración de amor, una redención. ¿Existe alguna película de Almodóvar que adquiera otro carácter?

El sello íntimo, personal, se declara y se describe con innumerables detalles de cara a la filmografía de Pedro,  haciendo que nos volvamos locxs preguntándonos: ¿Eso lo habrá escrito por aquello? ¿Habrá sido por tal cosa que hizo esa escena? Y, seguramente sí… o no, como respondió él al indagarle si el film era referencial a su carrera. Al parecer llega un momento en la vida de los grandes directores donde estas películas se vuelven imperiosas, donde todo se cuenta como un secreto al oído.

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Antonio Banderas encarna el alter ego de un Almodóvar en crisis que, con diez años menos, es caracterizarlo a la perfección por el malagueño. Con ésta son ocho las películas que rodaron juntos, y la sexta con Penélope Cruz, que interpreta a la madre de Banderas en las escenas de la infancia. Por cierto, los momentos mejor rodados y  más bellos del film son las del dúo Cruz y Asier Flores, por la profundidad y la pureza en las construcciones de las escenas que comparten y porque, claro, nos captura ver otra vez a Penélope siendo madre, como todas las veces, en una película de Almodóvar.

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Dolor y Gloria conserva la estructura de La Mala Educación (2004) y desarrolla varias de las historias personales que el director transitó a lo largo de su carrera, habiendo sido acreditado como uno de los cineastas españoles más reconocidos a nivel mundial.

Dentro de este cóctel de sinceridad incluyó sus dolores físicos, amorosos y profesionales, y con ello construyó la primera parte de la película: Dolor. La segunda parte, Gloria, sobreviene de la necesidad de explorar el deseo y de revivirlo. Es glorioso, entonces, como el primer deseo, como la develación de aquello que siempre estuvo ahí y habíamos olvidado. El personaje de Leonardo Sbaraglia, que personifica al amante de Banderas, regresa a la vida del alter ego del director para devolverle la pasión y el recuerdo. Como en cierta manera lo hace la breve aparición de Cecilia Roth en las primeras escenas.

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Esta es una película que busca cerrar etapas, etapas que se abrieron en los ochentas con  Pepi, Luci, Bom y otras chicas del montón (1980). Pero, sobre todo, busca cerrar la muerte materna, a través de una exploración que nos engaña al principio pero que, hacia la mitad del film, se expresa claramente. Quizás este sea un nuevo salto en la historia fílmica de Almodóvar y, ya sanados los dolores, quede disfrutar de la Gloria.

Escribe Carla Duimovich

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