#Goals

Plantar un árbol, tener un hijo, escribir un libro. Por muchos años, y sintetizadas a modo de refrán, esas tres acciones reflejaron un paradigma de lo que significaba triunfar en esta vida, o al menos obtener alguna forma de trascendencia bajo estas prescripciones.

Pensando un poco en voz alta, podemos decir que todas estas acciones apuntan justamente a eso, a trascender. Plantar un árbol como forma de retribuir a la naturaleza, dejar descendencia como retribución a la sociedad y escribir un libro para dejar un legado a las generaciones futuras. Tres acciones con las que de alguna manera se completa el círculo, en una suerte de teleología de la cotidianeidad. Hoy día, plantar un árbol no pareciera ser suficiente ante los graves problemas climáticos, tener un hijo implica una posición económica fuerte en una economía del freelancerismo (si se me permite el neologismo), la robotización y la precarización; y un video en YouTube puede ser más masivo y duradero que un volúmen editorial -sumado a que no afectaría al árbol plantado en primer lugar-.

Ni libro ni árbol, hijos quizá

Saliendo un poco del mayestático, creo que la generación de mis viejos tuvo otra tríada teleológica. La casa, el auto y los hijos con estudios fueron una especie de norte que medía el éxito socioeconómico en su imaginario, muchas veces incluso a costa de sus propias aspiraciones como individuos. Y otra vez el siglo XXI se encargó de cachetearnos (mayestático on) y echar por tierra esas aspiraciones con las que nos criaron. Las casas son impagables -y en dólares, welcome to Argentina-; el auto puede ser reemplazado con opciones más económicas, al menos por las clases trabajadoras urbanas; y nosotros, esos hijos con estudios, debemos especializarnos cada vez más en nuestra o nuestras disciplinas, siendo que un título de grado es sólo el comienzo de la vida académica y profesional (aunque los informáticos consiguen laburo más rápido, punto para ellos).

Muerto el relato, ¿muerto el sentimiento?

Si algo caracteriza claramente a la época en que vivimos, es el debilitamiento de los famosos relatos que cohesionaban homogéneamente a la sociedad. Políticamente, lo vemos en la visibilización de las minorías y las divergencias, así como en la baja representatividad que revisten los partidos tradicionales. Religiosamente, un culto preeminentemente gregario como el cristianismo pierde lugar ante, por ejemplo, creencias orientales de corte individualista, donde el individuo se salva sólo a través de si, o incluso a las pseudociencias como la astrología. Es más, la ciencia misma es cuestionada por movimientos como los anti-vacunas o el terraplanismo, con diferentes grados de peligrosidad para el colectivo social. Económicamente, asistimos a un cuestionamiento del neoliberalismo por parte de los gobiernos de algunas grandes potencias, con algún que otro rezagado local que va a contramano (aunque en cuestiones como inmigración y seguridad se parezcan bastante).

Sin embargo, la necesidad de trascender no parece opacarse. Los honores, la fama, la exposición pública y/o mediática, son algunas formas de seguir presente dentro del colectivo social; conducta potenciada exponencialmente por las redes sociales. ¿Como se resuelve la paradoja del vacío que sienten aquellos individualistas que necesitan del todo para ser ellos mismos?. Podemos decir que estamos viviendo en una especie de metafísica de lo cibernético, donde el éter trascendental que antes prometía el cura de la parroquia ahora lo garantizan los seguidores de las redes.

Virtud 2.0

Es cierto que la cosa no está nada fácil, y que no todo tiempo pasado fue mejor. Una generación bombardeada de información, con mayores posibilidades y mayores exigencias, que a su vez está sumida en la lógica de la inmediatez, el consumo y la incertidumbre, tiene un panorama complicado por cuanto a la acción. ¿Cómo cambiar un mundo que cambia a cada rato?. Quizá el rasgo más sobresaliente de la trascendencia actual no sea el ser recordado por haber cambiado las cosas, sino por haberlas afectado lo menos posible. Esta forma pondera una existencia ordenada, en la que el paso por el mundo de uno como persona no sea un factor de desequilibrio para el medio social y natural. Si no se pueden solucionar las grandes cuestiones nacionales o globales, es virtuoso al menos no contribuir a su empeoramiento.

Como decía una maestra mía de primaria, ahora las preguntas para la casa: ¿cuál es nuestra teleología de lo cotidiano? ¿cómo trascendemos nosotros, los nacidos y criados en la era digital? ¿un millennial busca trascender más allá de la selfie en Starbucks?. Si las metas y aspiraciones de nuestros antecesores hoy son insuficientes o irrealizables, o la escala de valores cambió y se enfoca en nuevas cuestiones, ¿cuáles son estas últimas?.

Escribe Federico Peruzzato

Ilustra Lucas Martinez

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