Fumiga y deja morir: Crónica del X encuentro de los Pueblos fumigados

Pensando en llegar

Era 16 de marzo y estábamos esperando, a las 4 de la mañana, que nos pasaran a buscar para ir a Bolívar, en donde se iba a llevar a cabo el X Encuentro de pueblos fumigados.

Partiendo desde La Plata llegamos después de cinco horas de viaje y el evento se desarrolló en una escuela, ya que no se pudo hacer en el camping que estaba previsto debido a la lluvia. Una escuela que era católica, pero eso no nos hizo ruido en ningún momento porque comprendimos las explicaciones de los organizadores: “Quisimos hacerlo en una escuela pública, pero con la buena voluntad de la directora no alcanzó. La inspectora, apretada por el secretario de educación municipal, rechazó la petición al igual que se viene haciendo con cualquier tipo de organización en la ciudad”. Bolívar no sólo es sojera sino también macrista.

Haciendo camino al andar

Luego de la presentación general acompañada por una dinámica para conocernos entre lxs participantes, comenzaron las rondas de debate llamadas “caminos”, que pretendían retomar los rumbos marcados por otros encuentros para poder seguir delineando contenidos y formas de acción y organización.

Acudí al camino de “Construcción política y sociedad” y las premisas eran simples: comentar en qué situación estamos, a dónde queremos ir y cómo realizarlo. Todo salió a flote.

CAminos

Se tu propio fumigador

La palabra empezó a circular y las historias parecían sacadas a un mismo libreto. El monocultivo, las escuelas metidas en el centro de los campos de soja, el uso de agroquímicos y el poco respaldo de los Estados municipales y provincial para poder hacer que se respeten las leyes que ni siquiera llegan a cubrir todo el daño que se hacen por más que se apĺicaran de forma correcta. Pero como siempre, la culpa es de lxs de abajo, de lxs laburantes y de lxs que están día a día bajo el sol, enseñando, cosechando, buscando mejores formas de hacer. Eso tiene su traducción formal y se le suele decir “buenas prácticas agrícolas”. Hasta incluso suena bien, y lo que propone es muy simple: “con buenas prácticas de cosecha y prevención de plagas, los pesticidas no dañan la salud de la población”, y así se producen manuales y programas de estudios en escuelas agrotécnicas para saber usarlas.

Pero mirándolo desde la otra vereda del tecnócrata, el planteo es “ustedes se fumigan solos porque no saben”. Por supuesto, otra vez el peso cae sobre el último eslabón.

No nos une el amor, sino el espanto

Las discusiones se tornaron más sectorizadas a la hora de establecer algún criterio de cómo accionar frente a eso. Posiciones más autonomistas entraban en debate con el planteo de formular alianzas. Cruces de palabras caldeados en torno a si el Estado nos puede ayudar o si es nuestro enemigo máximo y principal cómplice. Todos tenían un poco de razón.

Sin poder arribar a una pronta respuesta, la tarde fue culminando y el cronograma del encuentro debía avanzar. Era momento de realizar la movilización hacia el centro de la ciudad.

Del campo a la calle

Con banderas, consignar, instrumentos improvisados, familias y mascotas, más de 500 personas marchamos por la avenida principal de la ciudad ese sábado, sumando al clamor y al ruizado a las personas que circulaban y disfrutaban de la tarde cálida. La aceptación de nuestras consignas por parte de los transeúntes fue amplia, sin embargo no podía dejar de pensar que algún que otro bocinazo a nuestro favor fue realizado por un sojero cínico que se nos cagaba de risa. Seguramente alguna de las 4×4 que pasaron se dieron ese gusto de recalcar su posición de ventaja frente a esta disputa.

calle

Nos vemos el año que viene

El domingo arrancamos bien temprano, para no perder ni un rato de sol, y con una niebla que nos dejaba ver sólo el próximo metro delante nuestro nos volvimos a reunir para concretar los debates y terminar con una asamblea general en donde la puesta en común de todos los caminos fue fructífera.

El encuentro ya tiene necesidad de expandirse, de no ser sólo un encuentro, se pasar a ser una expresión más amplia y que logre articular a los diferentes actores que participaron de el, de formular propuestas que salgan directamente de lxs afectadxs, de lxs de abajo, y de que todxs se involucren en esto porque no se trata ni más ni menos que de lo que comemos, de lo que nos alimentamos, de lo que nos permite que la vida se reproduzca en sus condiciones.

Porque pueblos fumigados somos todxs, porque todxs estamos fumigados. Por más que desde la ciudad creamos que sólo es una problemática rural, esa verdura que hoy tendremos en nuestro plato contiene el mismo veneno que los campesinos respiran día a día.

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Fotografía Huerquen, comunicación en colectivo.

Escribe Gabriel Rouede – Profesor en transición 

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