Ni Memoria, Ni Justicia, Ni Verdad.

Madrugada del 31 de marzo para 1º de abril de 1964, Juiz de Fora, Minas Gerais, Brasil.

El general Olimpio Mourão Filho, alza las tropas por su propia cuenta y empieza a marchar rumbo a la antigua capital federal, Río de Janeiro, que todavía concentra buena parte del poder político del país y donde está el presidente João Goulart, conocido por todos como Jango. Debido a los acontecimientos de los últimos tres años y  principalmente, de las últimas semanas, todos esperaban por un movimiento golpista, pero no en aquél momento.

Al amanecer corre la noticia del avance de la pequeña fuerza de Mourão Filho, que es sobrevolada por el avión del entonces coronel-aviador Rui Moreira Lima, héroe brasileño en la Segunda Guerra Mundial, que pide permiso a Jango para disparar sobre la columna, que lo niega. Otras unidades se movilizan por el golpe, mientras las fuerzas leales esperan por órdenes del presidente que nunca vienen.

Durante toda la mañana hay discusiones sobre qué hacer. El Palácio das Laranjeiras, la vieja residencia presidencial, está protegida por cierto número de tanques que tienen sus cañones apuntados a la plaza. El Almirante Cândido da Costa Aragão, el Almirante Rojo, comandante del Cuerpo de Fuzileros Navales amenaza invadir al Palacio Guanabara para detener al gobernador golpista Carlos Lacerda. La tardanza de Jango en decidirse sobre resistir o no hace con que más unidades militares y otras provincias se sumen al golpe, al lado de los gobernadores Minas Gerais, Rio de Janeiro, São Paulo y Rio Grande do Sul.

Una columna es enviada para enfrentarse a la comandada por Mourão Filho, pero ambas se unen. En el Palácio das Laranjeiras ya pasa del mediodía y las torretas de los tanques se mueven y pasan a apuntar al palacio. Jango decide dejar el local junto a los que permanecen leales y sigue para el aeropuerto, en dirección a Brasilia. En la nueva capital el Congreso Nacional está agitado, fuerzas militares empiezan a cercar el edificio y el diputado federal Darcy Ribeiro piensa en armar sus colegas legalistas y tomar a los diputados y senadores golpistas como rehenes. En Porto Alegre, Leonel Brizola, exgobernador, diputado federal y cuñado de Jango, intenta repetir el Movimiento de la Legalidad, la movilización popular de 1961 que permitió la investidura de Goulart a la presidencia. El gobernador golpista Ildo Meneghetti huyó para el interior del Río Grande del Sur para evitar su detención.

La sede de la União Nacional dos Estudantes (UNE), en Río de Janeiro, es incendiada por fuerzas golpistas. Los estudiantes que allá se encuentran son protegidos por la Guarda Presidencial, comandada por el capitán Ivan Proença, que logra echar a los golpistas. Jango llega a Brasilia, pero luego decide seguir para Porto Alegre, donde algunos imaginan ser el lugar para resistir. El Tercer Ejército, con sede en São Paulo y que tiene como jefe el general Amaury Kruel, que se decía fiel a João Goulart, pasa al bando golpista.

Jango llega a Porto Alegre y decide no resistir, lo que lo indispone con Brizola. El senador Auro de Moura Andrade, en una maniobra traicionera, declara el cargo de presidente vacante y pasa el poder al presidente de la Cámara de Diputados, Ranieri Mazzilli. Goulart parte para su ciudad, São Borja, cerca de la frontera con Argentina. Él sabía que había una fuerza de tareas estadounidenses rumbo a la costa brasileña, lista para entrar en acción si hubiera resistencia – la llamada Operación Brother Sam – y no quería derramamiento de sangre. Ya es la madrugada del 2 de abril y el país se encuentra casi que completamente controlado por los golpistas. Líderes políticos, sociales y militares legalistas son detenidos y muchos ya son torturados en la primera hora.

25 de marzo de 2019, Brasilia, Distrito Federal, Brasil.

El presidente Jair Bolsonaro decide que las unidades militares deben celebrar en sus órdenes del día al golpe cívico-militar ocurrido 55 años antes. Es la primera vez en 34 años de democracia que un gobierno incentiva este tipo de celebración, aunque no sea la primera vez que militares lo hagan. 55 años después, de los cuales 21 fueron bajo dictadura, la democracia nuevamente está amenazada. Días antes, en Argentina, decenas de miles marcharon por Memoria, Justicia y Verdad, recordando a todas las víctimas de su última dictadura.
¿Qué es lo que hace distintos a los pueblos de Argentina y Brasil a punto de que pasen situaciones tan opuestas?

La distancia temporal no se lo explica, pues la dictadura argentina terminó en 1983 y la brasileña duró hasta 1985. Quizás los números ayuden un poco: son 30000 x 434. Es importante comprender el hecho de que los modelos represivos de Argentina y Brasil fueron distintos y muchos de los archivos y registros de lo que pasó en ese periodo se destruyeron u ocultado por los militares brasileños, lo que dificulta el conocimiento de números exactos.

Sin embargo, es posible que la diferencia más sobresaliente sea como se dieron las transiciones en los dos países. Mientras en Argentina hubo una fuerte ruptura, en Brasil hubo una conciliación forzada. Los militares argentinos estaban desgastados por la guerra de Malvinas, la crisis económica y las violaciones a Derechos Humanos. No tenían ningún tipo de poder de negociación cuando dejaron el poder. Sus pares brasileños, si bien sufrían los efectos de la insatisfacción de la sociedad por la represión y los problemas económicos, no estaban tan a merced de la voluntad de los demócratas.

En Brasil los militares volvieron a la caserna, pero no completamente desprestigiados. No hubo una búsqueda por concientización/educación de la población sobre los males de la dictadura, la importancia y valor de la democracia. El fin conciliador de la dictadura brasileña se volvió en un veneno de efecto tardío sobre el sistema democrático, que hoy se ve condenado a ser gobernado por un individuo, apoyado por tantos más, que lo desprecia y reivindica constantemente su némesis, incentivando en especial la represión y las violaciones de Derechos Humanos.

En Brasil nuestra Memoria fue borrada, la Verdad robada y la Justicia olvidada.

Escribe, Lic. RR.II, Especialista en Historia Militar, Raphael Fernandes Vieira

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