Ser musical

La música se escucha mejor en los lugares oscuros. Recorran sus casas en la penumbra, fluyan por los pasillos y habitaciones sin miedo a parecer locos; mantengan prendida solo la luz de un sector y díganme si el pasaje hacia él desde los ambientes sombríos no es acaso una especie de muerte: el abandono de un valle repleto de prodigios en favor de una consciente inhibición o tal vez la renuncia a lo sublime en pos de la prolija administración de  asuntos fútiles.

Otro principio indispensable a la hora de escuchar música es la potencia. Yo soy amigo de la potencia, del conatus impetuoso y vehemente de la música que —por ejemplo— toma la electricidad como medio para expresar su propio ser. El volumen alto, aunque algunos sabios no le otorguen una función relevante e incluso lo consideren contraproducente en la experiencia estética, exalta la dimensión dionisíaca de la música, aquella que eleva el orden matemático de esta desbordándolo en nuestro corazón por medio de la embriaguez y la desmesura.

Por supuesto que no se trata de asediar ni saturar el oído al punto de agotarlo, más bien de lo que se trata es de nutrirlo hasta que alcance la excelencia en su función. Para ello, se necesita un torrente de música que brote de la oscuridad y provoque un impacto, una perforación de la dermis, una invasión de la textura yoica y del alma en toda su magnitud. Es que ningún sonido puede perderse; entrelazados pero auténticos en su singularidad, todos deben llenar los ambientes, y más los llenan cuanto más intensos son y cuanto más espesa es la oscuridad en la que transitan.

Más hay que privarle a la vista su gobierno milenario, darle un descanso, ponerla a dormir un rato. Ya podrá conformar, nuevamente, un gobierno mixto con el tacto en artes como el fútbol o con el oído en artes como el cine, pero si en determinados momentos de la vida el sentido auditivo no logra empoderarse, el alma no podrá escuchar la música de las esferas celestes ni, por ende, sobreponerse a lo que envuelve y achata cualquier delicadeza y expresión noble en este mundo.  

Proyectarse en la oscuridad siniestra, repleta de sonidos fuertes y nítidos, es significarla. ¿Porque qué es la oscuridad que vemos al abrir los ojos mientras escuchamos música sino una metáfora de nuestra propia oscuridad interna? ¿No es la música un gran barco para navegar con valentía nuestro propio abismo? Sucede que es la música nuestra «amiga especial» y, de hecho, nuestra «única amiga, hasta el fin», como dice el poeta. Y creo que aunque haya situaciones para ponerla de fondo u ocupando un papel secundario, debemos encontrar los momentos para brindarnos a ella, generar las condiciones para en ella fundirnos.

Al escuchar música, oscuridad, potencia y cierta disposición del ánimo son, entonces, algunos de los elementos a considerar para desocultar nuestro ser musical, que siente, imagina y baila sobre un pentagrama.  

Escribe // Profesor en Filosofía Santiago Tabarrozzi

Ilustra // Jorge Chacoma

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