Bitácora lingüística

Mitad de junio, año 2016. Acabo de dejar a mi vieja que tiene que hacer un trámite, y a las pocas cuadras me suena el teléfono. Me tiro a un costado, estaciono y atiendo. Del otro lado, una señora muy amable me felicita, y me dice que me asignaron la beca. Éxtasis total.

 

Diciembre, mismo año. Estoy saliendo para Ezeiza y hay un corte en la subida a la autopista. Nunca putié tanto a compañeros desde cuando Randazzo se negó a ir a provincia. Nervios, tensión, camino Centenario colapsado y una gota fría que me corre por la sien. Era mucha plata, esfuerzo, tiempo y batallas burocráticas echadas a perder. Me despierto finalmente en Ezeiza, ante el “che, llegamos” de otra pasajera.

 

Despúes de una escala de 12 horas, y tantas otras volando, finalmente llego. Empleados del aeropuerto con un inglés algo oxidado me sellan los papeles, y después de que a la pasada me apuntaran con una especie de cámara térmica -para medir la temperatura y saber si estaba enfermo- cruzo una puerta, y me recibe Facundo, acompañado de su (entonces) novia. El cartel dice “Bienvenido Fede”, en español y mandarín.

 

El viaje hasta la ciudad donde iba a estudiar dura dos horas. No entiendo una sola palabra, cartel o señal en ese trayecto. Me bajo del micro y me cae la ficha, son las 9 de la noche aproximadamente. “¿Qué carajo hago acá?!”, pienso de golpe.

 

El chino mandarín se escribe en caracteres, que se componen de radicales. “Son como ladrillitos Lego”, nos dice el profesor. Joven, menos de 35 años, único varón del plantel docente. Por ejemplo, el caracter para el concepto de “bien” se compone de dos radicales, el que quiere decir “mujer” y el que quiere decir “hijo”. “Familia” se compone del radical que indica “hogar”, y del de “cerdo”. Lo que pasa es que en su momento, poseer un cerdo era algo de inmenso valor, al punto de que el animal dormía dentro de la casa, junto con quienes la habitaban. El caracter de “hombre” se compone de “fuerza” y “campo”. El de mujer encuentra su origen en la representación de una mujer sentada, con las manos juntas, pasiva.

 

Sigue siendo diciembre, y si bien es invierno, el calor de esa noche me hace acordar un poco al de La Plata. Es 24, y voy a pasar Nochebuena en casa de italianos, junto a un francés que también estudia con nosotros, en otra comisión. El sabor de la comida, el brindis a las 12, las chucherías que intercambiamos a modo de regalo, el vino tinto, el postre casero que obviamente tenía que ser tiramisú, la sobremesa. No necesito hablar castellano para sentirme en casa.

 

Pasó el Año Nuevo, y no tengo video de los fuegos artificales en el Taipei 101 porque estaba borracho y no apreté el botón de grabar. De todos modos, ya es mitad de enero, y le sugiero a mis compañeros de salida llevar unas cervezas para quedar bien con el dueño de casa… Exacto, ¿cómo se dice “quedar bien” en inglés?; o mejor aún, ¿cómo se explica el concepto?. Me llevó todo trayecto explicarlo, y no lo logré.

 

La semana de vacaciones la pasé recorriendo la isla con un húngaro, al que siempre le dije Larry porque el nombre es impronunciable. No pude con el nombre, menos con la infinidad de variaciones gramaticales de su idioma, que con su vocación de docente me quiso hacer entender. Agradecí que Hungría no tuviera mar ni hambre de imperio mundial.

 

Ya es febrero, los exámenes salieron bien. En pocos días voy a estar en casa, y en unos cuantos más llega el cartón que certifica todo el proceso académico. Semejante proceso y que cueste tanto decir “chau”, increíble.

 

Escribe Federico Peruzzato

Ilustra Jorge Chacoma

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s