Espiritualidad y Política

A la espiritualidad se la suele pensar como un camino a ser transitado por el individuo en su singularidad, como el repliegue sobre sí mismo del sujeto, sea para dar el primer paso en el camino ascendente hacia el Dios trascendente, sea para sumergirse en las profundidades del yo donde se revelan las conexiones mágicas de la madre naturaleza, del cosmos en su inmanencia. Desde esta perspectiva, la política es un salirse hacia afuera, una privación del enriquecimiento vital, un perderse en lo superfluo y contaminarse del error y la maldad humanos. Existiría una antinomia insuperable entre la espiritualidad y la política, entendida como una guerra librada entre la interioridad y la exterioridad, entre lo metafísico y lo empírico, entre lo privado y lo público. O esta idea, por lo menos, impera sin cuestionamientos en muchos de quienes profesan las más diversas religiones y  políticas.

Sin embargo, hay una alternativa que conserva y supera -al modo hegeliano- estos dos conceptos que no reflejan más que dos formas de vida comúnmente consideradas incompatibles. En efecto, a la vida espiritual no se le opone la política como a la tesis la antítesis, como al bien el mal. La política no es una privación del enriquecimiento vital o una contaminación de la pureza espiritual, no se define por vía negativa. Asociada a lo exterior, a lo empírico y, sobre todo, a lo público, a lo común entre los seres humanos y, especialmente, a la relación con el otro, su función es, ni más ni menos, que la de completar la espiritualidad vinculada con ese interior metafísico y privado. Justamente, la vida privada, donde muchos creen que la espiritualidad se desarrolla excluyentemente, es una vida que se encuentra privada de algo, carente de aquello sin lo cual siempre permanecerá incompleta, insuficiente. Ese “algo” es la actividad política.

Hay tantos espiritualismos como «ismos», pero cabe preguntar por el carácter espiritual de quienes conciben su vida vinculada a algún tipo de espiritualidad y, al hacerlo, es menester preguntar de qué modo se relacionan estas personas con la política, con aquella actividad en el seno de la cual murió aquel a quien, si son cristianos, consideran su salvador y en el seno de la cual —también— en este solo país, mueren a diario muchas personas, sin empleo, con hambre, baleadas por la espalda o como resultado de una enfermiza golpiza vecinal. La espiritualidad es una valor muy alto en un mundo de frenesí como el que el capitalismo de hoy nos obliga a vivir y, aunque tenga notas que suenan por sí solas, no debe convertirse en cuartel de los inicuos; por lo cual, hay que llenarla y entenderla en y desde la política que está a su base.

 

Escribe – Profesor en Filosofía Santiago Tabarrozzi

Ilustración – “Santa Evita”

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