Novio de las redes sociales

Una vez conocí un chico con quien teníamos en común, entre otras cosas, interés y una curiosidad grande por las redes sociales e Internet. Bastante como cualquiera en la actualidad, sólo que algo más geek y de corte académico-social. En lo más mundano de las prácticas, estábamos muy al corriente de cada aplicación. Tal y como hacen los pibes de ahora, porque nosotros también éramos pibes de ahora. Las descargábamos y las borrábamos después de reírnos de ellas, pero Instagram permanecía, así como en todos, así como Facebook. Sin embargo, una falencia del uso de estas dos últimas (o una decisión), me hizo pensar si no hablaban más del vínculo, que lo que hablábamos nosotros mismos de él.

Con el chico aficionado por el fenómeno de Internet, nos interesamos, y nos gustamos, eventualmente. Pasaron meses y qué se yo. Pasó que, casi por casualidad, conoció a mi familia, y yo, a parte de la suya. Sin dudas conocimos a nuestros amigos. Así que de pronto éramos algo así como “novios”.

Una tardenoche anaranjada y celeste, sin siquiera brisa, nos paramos debajo de unas luces cambiantes de pantalla de avenida Corrientes, en Buenos Aires. Fue una de las últimas veces que viajamos juntos, y una de las últimas veces que nos vimos. No lo sabíamos.

Era un buen momento para una foto, y la sacó él con su celular. Nos acomodamos mejor, para que el reflejo colorido rebotara y deslizara después por nuestras caras, a medida que iban pasando las imágenes de la pantalla. Acercamos los cuerpos y miramos a cámara, un poco tímidos del momento. A pesar de ser seguidores de las tecnologías e Internet, así como tantos, nunca nos habíamos sacado una foto juntos.

Cuando fuimos a hacerlo ahí en calle Corrientes, al parecer, él justo antes estaba mirando Instagram, y, sin querer, apretó para tomar una foto directamente desde la interfaz de la aplicación. “Uy”, dijo, y volvió a la cámara propia del celular. No iba a publicarla. Levantó el brazo y ahí sí. Salimos sonriendo un poquito. En la foto, atrás, aparecía el Obelisco, asomándose chueco desde una punta.

Me gustaría acordarme de cómo nos veíamos, de cómo éramos, pero prácticamente no tenemos una foto de los dos. Él me la envió hace mucho, pero no sé dónde quedó. Supongo que se perdió en la cantidad de cinco celulares que sumamos entre los dos en todo ese tiempo, que se rompían o eran robados. O acaso ocurrió que la olvidamos, perdiendo alguna de las tarjetas de memoria, rasgo que formaba parte de nuestra personalidad desordenada. A esto, quedó una incómoda certeza: haberla subido a Instagram, habría sido una manera de guardarla mejor. Es curioso cómo el tener representaciones de partes de nuestra vida en Internet, como imágenes o textos, parece ser más seguro y duradero en el tiempo que todo lo demás.

No obstante, claro, existen parejas que cuando cortan, de hecho, eligen eliminar el viejo contenido de novix anterior. Porque quizá, no es momento de recordar, porque el perfil de Instagram es una imagen de nuestro presente, porque hay más gente con las que vincularnos. En mi caso, la cuestión es que yo nunca aparecí en su perfil, por nada del mundo. Sus intereses sociales y de redes pasaban más por los datos y la fotografía urbana, así que humanos como yo, no habían. Eso sí, algunas etiquetas de amigos y con amigos no faltaban. Porque los amigos siempre salen en las fotos.

Pero si no éramos “novios”, si nunca lo aclaramos, quedaba pensar que tal vez sí habíamos formado una amistad. Por lo tanto “¿por qué no tenemos ninguna foto?” le pregunté un día. Quería saber por qué yo, que era parte de su mundo privado y analógico, no podía convivir con su mundo público/virtual. Me cuestioné si eso que habíamos aprendido a ser, se reflejaba en Instagram… Si esto era así, entonces quería decir que nosotros no éramos nada en absoluto. Ni siquiera amigos. Y no hubiese sido lindo pensar que, el no salir en ninguna red, significaba que no nos queríamos.

“Si estás enamorado y no lo publicas en Instagram, ¿tu relación existe? “ es la pregunta que varios se hacen, y se cuestionan hoy en día en redes. Aún, la respuesta, claro, es “sí”. Puede existir igualmente.

Según estudios británicos, las parejas más felices, no suben fotos juntos. Además, vaya a saber uno dónde entraríamos nosotros, que no fuimos “pareja”. Vaya a saber uno dónde entran en esas investigaciones, todos esos que no son “nada”. “Diariamente (reza parte del trabajo), cuando las personas se sentían más inseguras con respecto a los sentimientos de sus parejas, tendían a hacer visibles sus relaciones. Estos estudios resaltan el papel de las relaciones en la forma en que las personas se presentan ante los demás ”. Sabiendo esto, como vínculo sin nombre, teníamos cosas a favor. En coherencia con lo que se investiga, la “visibilidad” de relación de pareja en Internet, se da porque se trata de un noviazgo que porta inseguridades.

“¿Vos subís fotos con tus viejos?” me respondió, a sobre por qué no teníamos fotos juntos. “¡Rara vez…!” contesté. “¿Con tus tíos?” siguió. “No, casualmente nunca… Yo no soy un tío para vos.” le dije. “No…”, terminó él, respondiendo lo obvio. Nos dimos un rato de indiferencia. Hay preguntas cuyas respuestas no conviene decirlas, o simplemente no las tienen.

Ninguno de los dos guardaba fotos con su familia en las redes, ni entre nosotros. Teníamos imágenes y videos de cosas que nos interesaban y eran lindas, pero nadie tenía fotos con quienes más queríamos. También teníamos eso en común. A él, eso le daba lo mismo. Sin embargo a mí, después de pensarlo varias veces, me pareció que quienes hacen esto último son muy valientes.

Algo es seguro: todavía hay que seguir vinculándonos con otrxs, y en muchos casos, resulta contraproducente tener una foto en pareja si uno no quiere tener nada que ver con eso ahora. Uno quiere seguir mirando, y que lo sigan mirando. Sobre esto y para esto, es decir, el “cortejo”, existe una aplicación para citas llamada “Match”, ideada por los creadores de Tinder, pero la primera es más reciente. Además de Tinder, -que, se sabe, es más utilizada para encuentros sexuales-, se encuentran “Lovoo”, también para citas, y “Ok Cupid”. Esta última es más vieja, tuvo inicios en 2004. Una vez la buscamos. Nadie hizo nada, en su momento. Supongo que en nosotros surtía el mismo efecto que Snaptchat: descargar, probar, reírse, y eliminar a los días siguientes por nulo uso.

“¿Por qué no la subís vos a la foto, entonces?” me descolocó en una charla. “Qué se yo”, le dije, desganada. Tampoco supe qué responderle. Tanto que disfrutamos Instagram todos, nos gusta y pasamos cantidades de tiempo con él, que, para mí, más bien su novia oficial era Instagram. Para él, lo opuesto: si yo tenía un novio o un vínculo fuerte, sin dudas era Instagram; más que él. Fuimos novios de las redes sociales (paradójicamente, sin aparecer en las redes sociales). Y esa pareja que somos, subsiste, aunque nosotros ya no estemos juntos.

“La indiferencia es una forma de la pereza, y la pereza es uno de los síntomas del desamor” escribió Huxley alguna vez. Podríamos argumentar mucho con eso. Lo consideré… Lo más importante que puedo hacer, tal vez, no es subir fotos con el otro, sino, no ser vaga con quienes quiero, lo que parece más trabajoso en realidad que subir una foto.

En cuanto a nosotros… Podemos ser millenials bobos que no se la bancan, o, sin mucha vuelta, jóvenes reservados con algunas cuestiones. Si alguien pregunta, no sé con cuál quedarme.

Escribre Lucía Antoñana

Ilustra Lucas Martinez

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