¿Qué sucederá con la política exterior de Bolsonaro?

La autarquía de Itamaraty

Durante la historia republicana brasileña, el Ministerio de Relaciones Exteriores (MRE), conocido como Itamaraty – apodado por los nombres de sus palacios en Río de Janeiro y Brasilia -, fue capaz de conducir la política exterior como una verdadera política de Estado, independiente de quienes gobernaron, de sus ideologías, posicionamientos políticos y regímenes adoptados. Tener una política de Estado tan duradera, sólida y segura es un logro significante en un país donde generalmente prevalecen las políticas de gobierno. Es una herencia de la diplomacia del período imperial, pero con más libertad y autonomía que en aquellos tiempos, pues ya no está la figura del emperador, aunque algunos presidentes como Fernando Henrique Cardoso y Lula, tuvieron influencia considerable en la conducción y los destinos de las relaciones exteriores de Brasil.

Un camino dos veredas

Sin embargo, todos estos presidentes, por más importantes que hayan sido sus papeles como ideólogos de rumbos de la política exterior, buscaron alinearse con uno de los dos grandes grupos existentes en Itamaraty, que con el tiempo vendrían a denominarse por un lado los autonomistas, también llamado liberal, y por otro lado los institucionalistas pragmáticos, conocido como nacionalista. Mientras los autonomistas defienden una política exterior que dé prioridad a regímenes internacionales y foros multilaterales, pragmática aunque con elementos occidentalistas muy fuertes, los institucionalistas pragmáticos, a pesar de no dejar el occidentalismo, adoptan un discurso más desarrollista con el objetivo de que Brasil se vuelva en un jugador preponderante en el escenario internacional, cada vez más autónomo e independiente, abierto a negociar con todos los actores que puedan traer ventajas y beneficios al país. Los cancilleres de FHC, Luiz Felipe Lampreia y Celso Lafer, son grandes representantes del sector liberal, en cuanto Celso Amorim es uno de los principales símbolos de los nacionalistas.

Hago esta introducción quizás no muy interesante y cansadora para aquellos que no son de las Relaciones Internacionales y áreas afines, para que se comprenda por qué el gobierno de Jair Bolsonaro deberá romper con la lógica más que centenaria del juego de poder en la diplomacia brasileña. La indicación de Ernesto Araújo para canciller es la principal señal de este cambio que hasta el momento se presenta como una grande y arriesgada apuesta.

Araújo el conspiracionista

Araújo tiene un perfil singular. Sus creencias y declaraciones son motivos de grandes preocupaciones. Puede ser descrito como un individuo ultraconservador, antimarxista, que cree en el globalismo – Para Araújo, globalismo es “la globalización económica que pasó a ser conducida por el marxismo cultural. Esencialmente es un sistema antihumano y anticristiano. La fe en Cristo significa, hoy, luchar contra el globalismo, cuyo objetivo último es romper con la conexión entre Dios y el hombre, vuelto el hombre en esclavo y Dios irrelevante. El proyecto metapolítico significa, esencialmente, abrirse para la presencia de Dios en la política y en la historia”. Fragmento extraído del blog del futuro canciller: https://www.metapoliticabrasil.com/about -, pero no en el cambio climático, es admirador de Donald Trump y favorable a un alineamiento prácticamente incondicional a Estados Unidos. El discurso antimarxista y antiglobalista en general viene acompañado por algunas dosis de antisemitismo, la posición ultraconservadora es reforzada por argumentos de las alas más radicales entre católicos y evangélicos, especialmente los neopentecostales, que tendrán gran poder e influencia en el nuevo gobierno. Lo que lleva al nuevo canciller a posicionarse vehementemente en contra de pautas como la descriminalización del aborto y de las drogas, de los derechos LGBTI+ y la igualdad de género. El escepticismo sobre los cambios climáticos acompaña la idea de una grande conspiración judío-marxista que detiene el status quo del escenario internacional.

El conflicto

La simpatía por EE.UU y específicamente el gobierno Trump, sumada al pensamiento antiglobalista y antimarxista pueden llevar a un rotundo cambio en los rumbos de la política exterior brasileña, rompiendo de manera explícita con el grupo nacionalista de Itamaraty y extrapolando las posiciones defendidas por los liberales. Por lo tanto, Araújo podría llevar a la política exterior de Brasil por un nuevo camino que no generaría apoyos internos de las dos corrientes nombradas anteriormente dejando como resultado al canciller aislado. Tal aislamiento será profundizado por el poco tránsito que tiene Araújo en las altas cúpulas, dada a una cuestión de falta de experiencia y quiebra de jerarquía.

Aunque sea un ambiente civil el Ministerio de Relaciones Exteriores de Brasil tiene una lógica jerárquica muy parecida a la militar: cuando se elige un ministro entre los diplomáticos, siempre son escogidos aquellos que ocupan los cargos más altos, mientras cuando el elegido es un forastero, en general es un político que tiene afinidad con los temas de política exterior. No hace mucho que Ernesto Araújo fue ascendido al cargo de embajador, su promoción es tan reciente que antes de ser nombrado como canciller por Bolsonaro, no tuvo tiempo de ser jefe de misión en ninguna representación diplomática, pues no había puestos vacantes. Este salto en la carrera, que para él es un gran logro, puede ser visto de otra manera en Itamaraty: porque quiebra la jerarquía.

Brasil deberá vivir una situación de alineamiento a Estados Unidos parecida a los momentos de los gobiernos de Eurico Gaspar Dutra (1946-1951) y Humberto Castello Branco (1964-1967), ambos también militares – general y mariscal, respectivamente -, siendo Dutra elegido y Castello Branco el primero de los presidentes de facto de la dictadura cívico-militar. Quizás en un futuro no muy lejano se podrá nombrar la política exterior bolsonarista como neocastelista, por sus similitudes ideológicas con el primer gobierno militar.

Las contradicciones

Anular invitaciones o directamente no invitar a jefes de Estado y de gobierno de países como Cuba, Venezuela y Nicaragua, justificadas en el entendimiento de que estos Estados son regímenes dictatoriales y violadores de los Derechos Humanos, son demostraciones de lo que será la posición brasileña en América Latina en los próximos años. No obstante, fueron invitados los representantes de Arabia Saudita, China y Corea del Norte, y el propio Jair Bolsonaro por diversas veces ya defendió la dictadura militar en Brasil y  la tortura, lo que muestra una falta de coherencia discursiva y estratégica.

Otro ejemplo de incoherencia entre el discurso y acciones adoptadas, es el nombramiento de Otávio Brandelli como Secretario General de Relaciones Exteriores, una especie de viceministro. Brandelli es actualmente director del Departamento del Mercosur del MRE. El bloque regional fue duramente criticado por más de una vez por Bolsonaro y sus ministros, inclusive con declaraciones de que no será prioridad. Las críticas al Mercosur son una manifestación del deseo de enfocar la política exterior en relaciones bilaterales, pero la indicación de Brandelli a un puesto tan importante puede señalar que al menos este foro multilateral regional no será relegado a un lugar secundario.

Bolsonaro, sus ministros y algunos representantes de su partido también están buscando estrechar lazos con Israel. La transferencia de la embajada brasileña de Tel Aviv a Jerusalén es segura, según el futuro gobierno. Tal medida va tener una repercusión muy fuerte entre los países árabes y musulmanes, que son un gran mercado para Brasil. Además de esto, el país puede volverse en blanco para actos terroristas al contrariar su posición histórica de apoyo a la solución de los dos Estados, de diálogo y buenas relaciones tanto con Israel como con el mundo árabe e islámico. Brasilia no tiene nada a ganar con este cambio, que es motivado para agradar a los sectores religiosos que apoyan al futuro presidente, solo perder.

Las amistades incómodas

Otros Estados a los cuales Bolsonaro ha enviado señales son Italia, Hungría y Polonia, que tienen discursos y prácticas similares a las que él quiere implementar en Brasil durante su mandato, como la ley laborista de “los esclavos”, aprobada hace día por el gobierno húngaro. También es importante recordar que en el último festejo de la independencia polaca, los gobernantes marcharon al lado de grupos neofascistas y neonazis. Esos acercamientos son una prueba más de la tendencia ultraconservadora que deberá guiar la política exterior de Brasil en los próximos cuatro años.

Futuro incierto

Las acciones y consecuencias generadas por las mismas pueden ser de enorme gravedad para el historial de la política exterior brasileña y una fuerte amenaza a la tradición de independencia y política de Estado de Itamaraty. Eso puede llevar a una deslegitimación e invalidación de posiciones y ventajas conquistadas con mucho trabajo al largo de varias décadas. En pocos años los brasileños pueden verse identificados por la comunidad internacional como una nación ultraconservadora con características teocráticas, retrógrada y xenofóbica.

 

Escribe Raphael Fernandes Vieira, Lic. en RR.II Especialista en historia militar.

Ilustra Lucas Martinez

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