Una de lesbianas

Hay muchas categorías populares del mundo del cine que se crean por necesidad sintética y descriptiva y que en nuestro imaginario responden a construcciones más o menos consensuadas, más o menos objetivas y que por ello alcanzan el grado de categoría propiamente dicho. Hay algunas que se explican diciendo oraciones como: “es una de autos”; y en nuestra cabeza un auto rojo u amarillo vuela y explota por los aires, boom, bam, efectos especiales, chicos malos con pistolas, quizás una chica mala siempre sexy y algún corredor ilegal de carreras. Después tenemos las categorías “una de superhéroes”, “una de dibujitos”, “una rara” (esta generalmente es aplicada a aquellas que no entran en las categorías populares ya existentes); hay una hermosa que es simplemente “una argentina”. Esa realmente descoloca. Están “las de pelea”, “las de tiros”, “las de miedo”, etcétera.

Quiero hablar de una que ya me cansó hasta el hartazgo y que está cerca de la categoría “romántica” o “romance”, en donde nuestro imaginario pone en escena a una pareja heterosexual y en la cual (seguramente) él corra bajo la lluvia o ella mire por la ventana o él tenga un trabajo que detesta. Está cerca o debiera formar parte, pero no. La categoría de la que quiero hablar es “una de lesbianas”. Aquí haría uso de esos emoticones que nos ha regalado WhatsApp. Dos puntitos y una rayita horizontal. Esa cara.

Por empezar, entiendo que aquellas mujeres lesbianas que desean identificación deben googlear “películas lésbicas” para encontrarse. Se entiende (pará, un momento… ¿se entiende?). Sucede que con solo escribir “historias de amor” o “películas dramáticas” no aparecerá ninguna película entre dos mujeres. Por cierto, la analogía entre el amor y el drama en el cine siempre me ha causado mucha gracia. Otra valoración colectiva.

collage carla_collage carla

Collage de @supino_supina, titulado “El inicio [Movimiento I]”. Técnica mixta

 

El listado de películas “de amor” es interminable, pero rara vez encontraremos alguna película de amor homosexual y pareciera que menos que menos entre mujeres. Es cierto también que la cantidad de películas con parejas de mujeres no superan las 400 a nivel mundial y en su mayoría una de ellas muere, se suicida o está presa. Pocas son las que encuentran un final feliz o esperanzador. Sí, ésto es cierto.

Nos encontramos frente a un dilema argumental, porque al tiempo que odiamos la categoría “películas lésbicas” debemos hacer uso de ella, apostando a la apológica discriminación de géneros dentro del mundo del cine, dejando afuera todas las demás categorías dentro de las cuales podría incluirse tal o cual película.

Cuando vemos un film de amor compuesta por una pareja heterosexual no debemos googlear “película heterosexual”, ciertamente. Pero si queremos ver una película de amor homosexual es necesario que antes aclaremos que es amor homosexual o drama homosexual. ¡Qué digo! Ya ni siquiera es una película “de amor”, es una película “DE lesbianas”. Si nos detenemos un segundo entenderíamos el largo camino que aún debemos deconstruir en nuestro imaginario, en las representaciones de la realidad y en el cine. Las categorías, por definición, agrupan características u acciones y discriminan otras, dejándonos bien en claro las funcionalidades del lenguaje mismo, su sistema dialéctico y su manipulación existencial. Pero aquí no hablamos solo de lenguaje, hablamos de industria y hablamos de consumo. ¿Qué está dejando afuera el uso que estamos haciendo de la categoría “películas lésbicas”? ¿De qué nos aísla? ¿Qué incluye y qué niega?

Hay otra manera más “bonita” de decir lo mismo: “películas de temática lésbica”. Otra vez dos puntitos y una línea horizontal…¡sostenida! Parecería que al agregar la palabra temática todo resulta más inclusivo o que sugiere que “no es que es de lesbianas, es que es de amor”; o peor: “es una pareja como cualquier otra, pero es de lesbianas”, y así continuamente la aclaración: “hay una pareja, de dos chicas, que se mudan a una ciudad” o, “es la historia de una mujer que está presa y se enamora de otra mujer”. Dos puntitos, rayita horizontal.

Tan grande es la necesidad de identificación dentro del mundo del cine que cualquier escena homosexual (o que al menos dé a entender que se trata de una escena homosexual) es motivo suficiente para incluirla dentro de la categoría “de temática lésbica”. Son tan pocas y tan trágicas que debemos conformarnos con el “al menos existen”. Aquí es donde radica el problema. Cómo es que el sentido de existencia de una película se resuma a partir de la orientación sexual de los personajes. Cómo es que se nos presente en sí como  argumento. Pareciera que las películas, como las personas, luchan por un lugar de igualdad e inclusión dentro de la existencia misma. Y sí, así es.

Muchas personas (de cualquier orientación), que por la calle identifican a una mujer u hombre homosexual, observan una alteración de la “normalidad” y la padecen para bien o para mal: observan a un homosexual y no a una persona. Quiero decir, definen a ese otro a través de una única característica. Hablo en términos de Crónica TV con su famosa placa “Mueren dos personas y un boliviano”. A través de la mirada del otro, la orientación sexual define su identidad casi por completo. Todo aquello que además lo construya como sujeto histórico, no es relevante; no importa si es profesional, si es padre, hijo, amigo, artista o empleado, solo vemos que es gay. Lo mismo pasa en el cine al aclarar la orientación sexual de los personajes. ¿Por qué nos sigue pasando esto? ¿Cuánto camino nos falta? ¿Cómo separar la intimidad del deseo con la categorización crónica? O quizás debiéramos preguntarnos ¿cómo abrazaría el mercado un cambio así de radical? ¿Sería capaz de abarcar la concientización sobre el control y la condición a partir de los productos culturales? ¿O será que ese cambio no sería tal y que, por el contrario, representase su propia muerte?

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Escribió Carla Duimovich

Gráfica de Carla Duimovich y Lucas Martínez

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