La moral de los políticos

¿Qué percepción tenemos de la moral de las demás personas? ¿Cómo pensamos nuestra propia moral? ¿Qué relación existe entre nuestras prácticas y los valores que profesamos? ¿Vivimos bajo la prescripción de un sistema de valores completamente definido? ¿Qué relación existe entre la autopercepción moral y la que tenemos de las demás personas?

La moral de los políticos es un tema de discusión permanente, objeto de estudio y de opinión, substancia elemental de buena parte del contenido de los medio de comunicación. Suele ser debatida por caso, sobre algún hecho en específico y circunscripta a una persona en particular. La inducción de estos casos, bajo el marco tendencioso de los transmisores de la información, suelen generar generalizaciones dudosas que se sedimentan el sentido común con una potencia considerable. Entonces la pregunta ¿Cómo pensar la moral? para luego adentrarse en la pregunta sobre cuál es su moral.

La moral puede entenderse como el conjunto de prescripciones y juicios valorativos sedimentados en una cultura determinada a través de su historia y transmitida a partir de sus costumbres. En este sentido todos somos sujetos de alguna moral y participamos en ella de alguna forma. Nuestra tradición judeo-cristiana, capitalista y patriarcal nos impone un conjunto de valores, algunos visiblemente cuestionados en la actualidad.

Distintos pensadores han intentado crear sistemas morales teóricos, como Kant o Mill, uno para justificar buena parte de la moral cristiana, el otro para justificar la competencia capitalista. En el marco de la reflexión ética suele hablarse de morales deontológicas, orientada a los principios de la acción, y morales teleológicas, orientadas a la finalidad de las acciones. La distinción es fundamental a la hora de justificar y elegir los medios para la acción. Si lo que importa es la intención, no importa un desenlace trágico, si lo que importa son las consecuencias, no importan los medios. Cuando Maquiavelo dice que el fin justifica los medios, es común sentir rechazo a semejante afirmación pero ¿acaso ninguno de nosotros no ha priorizado nunca las consecuencias, acaso no mentimos todos alguna vez? ¿Acaso no estamos dispuestos a mentir siempre que lo consideremos necesario? ¿Quién puede dictar cuando es necesario?

Funcionamos como seres moralmente complejos, practicamos dobles, triples morales. Una para la autoevaluación, una para los afectos cercanos, otra para grupos de pertenencia, otra para los desconocidos y profesamos una moral pública también. ¿Desde qué perspectiva moral juzgamos a los políticos y que tipo de composición moral tendrán ellos? ¿son, en definitiva, diferentes?

Adentrándonos en el terreno de la hipótesis y la suposición podría afirmar que se suele juzgar el accionar de los políticos desde nuestra moral pública, con una fuerte impronta de la moral cristiana y que es, en principio, una moral de la intencionalidad.  Lo peculiar es que solemos afirmar públicamente que el principio que rige la acción es lo que la hace aceptable o no, buena o mala; pero en este caso particular ¿No evaluamos, al mismo tiempo, la gestión de los políticos en función de sus resultados? ¿Hasta qué punto es racionalmente exigible una moral de principios a quienes deben mostrar resultados concretos en la práctica y en el presente?

Por otra parte y en base a esto, puede observarse que la moral que profesan los políticos suele concordar con la moral pública de las sociedades a las que pertenecen (debido a que si no lo hicieran el juicio negativo de la población haría extremadamente difícil que fueran elegidos), pero en el hacer de su actividad ¿Cuan practicable es dicha moral? Otro problema es el siguiente: cómo podríamos ser capaces de observar nosotros la intencionalidad de la acción de una persona con la cual no tenemos vinculación afectiva. En efecto, los niveles de certeza que podamos llegar a tener sobre las intenciones de los demás es algo similar a la fé.

Por las características de su actividad, suponer en principio esta doble moral, pública declarativa y práctica orientada a fines, pareciera ser el núcleo elemental a la demanda externa que existe sobre ellos. Cabe preguntarnos ahora si esto es todo o si coexisten junto con estas dos alguna otra moral que les sea íntima y responda a una necesidad de autoevaluativa. Si no lo hubiera, se me figuran como un suerte de robots que responden al estímulo de las contingencias y que resuelven en función de la demanda externa. Si este fuera el caso no habría demasiada distinción entre ellos, las mismas acciones serían esperables de cualquiera y la ficción de la democracia exhibiría, una vez más, un nuevo y triste costado. Puedo proponer una hipótesis, si bien no feliz si alternativa, la existencia de por lo menos una tercera moral en juego dentro de los políticos, tendiente a limitar el alcance en la elección de medios y que asiste en la selección de las finalidades. Esta es una moral tendiente a la autoevaluación, que influye en la forma en que se perciben a sí mismos.

La relación entre estas facetas morales es compleja y circunstancial, determinarla en absoluto excede mi capacidad y escapa al alcance de este artículo. Pero tomarlas como herramientas de comprensión tal vez pueda ayudar a percibir diferencias específicas entre ellos y tal vez permitan una comprensión más amplia sobre su forma de actuar. La pregunta sobre cómo deberíamos juzgar sus acciones permanece y si ellos son, en definitiva, tan diferentes a nosotros. 

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Escribió Juan Pablo Alegre

Ilustró Lucas Martínez

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