Borrador 1

Nota marginal

Paisaje regular: geometría urbana. Orden, para agilizar el tiempo productivo. Orden, que prioriza frecuencias de circulación. Edificios fiscales, templos religiosos, centros comerciales.
​Paisaje irregular: como caminos medievales oscilantes, de tierra y cascote, las calles de los barrios periféricos están dominadas por el imperio de la expansión silvestre. La intemperie ejerce una soberanía despótica y brillan más el fuego y las estrellas que los focos intermitentes de algunas esquinas o las pantallas fugasueños de las teles encendidas.  A la comodidad geométrica de la retina urbanizada cada alrededor se le aparece agresivo. Una intensidad difícil de soportar. La extrañeza paraliza la espontaneidad y desorienta las articulaciones sensoriales. Las terminaciones nerviosas entran en estado de alerta.

 

​Un niño al que convencieron a la resignación de no poder por no ser capaz, un día aprendió que el error es el principio necesario de cualquier aprendizaje. Supo que no aprendió a caminar sin caerse en el intento y recordó  cantidad de heridas en codos y rodillas aprendiendo a andar en bicicleta. Escuchó y comprendió. Desde entonces no olvida y no perdona a quienes le cargaron el estigma de la vergüenza y el dolor de la culpa. Y desde entonces fue valiente y se animó a equivocarse y entonces aprendió.

Aprendió las letras, aprendió a unirlas y a darles vida con su voz. Aprendió que al miedo a la frustración se lo combate con la virtud de la humildad. Conoció el orgullo en las lágrimas de su madre. Descubrió el placer del acierto y lo conmovió la alegría al descifrar el significado velado en el código. Se sintió poderoso y se comprometió con el valor de su conquista: El niño quiso enseñar el fuego. Y así fue.

No pocas veces ni las mismas personas lo vieron enseñando los secretos furtivamente. Golpeaba la mesa con la palma de su mano para marcar el ritmo de las sílabas, y con cada golpe saltaban chispas, y con esa música fueron cada vez más quienes practicaron el ritual, y con el ritual fueron descubriendo el fuego.  No se animaron de entrada, pero se sabe que varios hasta querían bailar. A la noche no, porque a la noche se corre en la calle y se entrena el sentido de reconocerse por la voz en la oscuridad. Chillan, se ríen, se enojan. Hacen fiesta y hacen guerra.

Tempranamente se cuentan secretos y sienten cosas por primera vez. A la noche, no entonces, porque a la noche la penumbra no permite mirar a los ojos. Y no es posible compartir el fuego sin mirar a los ojos. Por eso eligen la hora de la siesta. Y se esconden, porque no faltan las infancias perdidas que crecieron oscuras por no conocer el fuego, y tienen miedo que por no saber manejarlo lo puedan extinguir. Y hacen bien, porque el fuego no se administra por arrebato, como enseñaron mal los griegos.  Este niño, este maestro, lo intuía con precisión. Y así fue que fueron aprendiendo y usaron el fuego y fueron disipando tinieblas que no conocían y algunos hasta pudieron combinar oportunidad y destreza para enseñarlo a sus mayores.

Una mañana, este niño me confesó que ya no quería ni leer ni escribir. No pregunté por qué. Lo vi en sus ojos, el fuego ya no estaba. Como muchas otras veces había sido alcanzado por una infancia perdida, pero esta vez  el fuego no fue suficiente. Se paró, se puso gris, cerró los ojos y se fue caminando lentamente al rincón del patio. Se agachó y se abrazó a su primo, quien hacía dos meses había perdido la voz en una ausencia irrecuperable. Quise evitarlo, invoqué entusiasta mis mejores artes para encenderlo, pero ya era tarde. No se detuvo ni se volteó. Esa misma noche él ya era uno más entre las piedras.

Al día siguiente vi a su pequeño hermano, su primer aprendiz, levantarlo, sostenerlo en su mano e inclinarse de cuclillas frente a la cuneta. Abrió la palma, sonrió y le dijo: dale, como me enseñaste. Se estiró para atrás con el puño cerrado, lanzó la piedra a la cuneta y mientras se golpeaba las manos conjuró: sa-pi-to.
Y la piedra no se hundió.

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Escribió Ramiro Martínez Escobar

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