La pelota manchada: conflictos en el fútbol, paz en los negocios

 

Este sábado, 24 de noviembre, como todos sabemos, se debería haber jugado el segundo partido entre River Plate y Boca Juniors por la final de la Copa Libertadores. También sabemos, así como el primer partido no se jugó en la primera fecha fijada por CONMEBOL, por las fuertes tormentas que cayeron sobre la capital argentina, esta vez no se jugó por incidentes externos al Monumental de Nuñez. O sea, los ataques de una pequeña parcela de la hinchada de River al ómnibus que llevaba el plantel de Boca, con piedras, palos, botellas y todo lo que estaba a mano para tirarle a los adversarios. Los jugadores xeneizes sufrieron los gases tirados por la Policía de la Ciudad en su intervención para intentar controlar a los hinchas millonarios. Los más afectados fueron Tévez por los efectos de los gases y Jara junto a Pablo Peréz, que fueron lastimados por las  esquirlas de los vidrios rotos.

Durante la semana anterior, en el 21 de noviembre, se presenció un hecho de igual o peor gravedad en la cancha de All Boys, tras la derrota de Albo para Atlanta. Una ola impresionante de disturbios fue generada por sus hinchas en las afueras del estadio. La policía, en inferioridad numérica, fue incapaz de actuar de la manera necesaria. Jugadores, comisión técnica y directivos del Bohemio quedaron retenidos en las instalaciones del club de Floresta hasta que mejorase los ánimos. Ambos partidos citados se jugaron sólo con la presencia de las hinchadas locales, sin visitantes.

Los hechos ocurridos esta semana, tanto el sábado como el miércoles son reprochables, trágicos e inaceptables, lo cual es indiscutible. Incluso quienes llevan a cabo estos actos en algún momento se suman a este repudio generalizado en la sociedad, lamentablemente solo lo hacen cuando su club es la víctima. Escribo este texto a menos de 20 horas de los acontecimientos del superclásico y mucho ya se habló y seguramente se va hablar, principalmente cuando sepamos quién será el campeón de América. Sin embargo quiero tratar un tema que creo no será abordado, o al menos no con la profundidad que se exige.

Es de público conocimiento que Argentina, junto a Uruguay, quieren ser sede del Mundial de 2030, aprovechando la conmemoración del centenario de la primera copa del mundo de selecciones, jugada en el país vecino. Lo que casi no se cuenta es que en 2030 también se va cumplir cien años de la muerte de un hincha argentino, tras la derrota de su selección en la final ante el anfitrión. Mientras los uruguayos festejaban y los argentinos lamentaban, hubo enfrentamientos en las calles de Montevideo que tuvieron como saldo un alto número de heridos y un muerto. En Buenos Aires la policía tuvo que actuar para impedir que una multitud enfurecida invadiera el puesto de la representación diplomática oriental, lo que puso en riesgo las relaciones entre los dos países. Los jugadores de la Albiceleste fueron recibidos en la capital porteña bajo gran hostilidad y enojo de sus hinchas y compatriotas.

Cuento esto no para justificar la violencia en el fútbol o en los deportes en general, pero para apuntar a que este no es un fenómeno nuevo, o que surgió hace 30 o 40 años. En los más de cien años de práctica del deporte hay relatos de violencia en distintos niveles y con diferentes motivaciones al largo del tiempo. Honduras y El Salvador entraron en un conflicto armado en el fin de los años 1960 usando como excusa un partido de fútbol. El fútbol no es violento, la sociedad y sus estructuras lo son o en un pensamiento más hobbesiano, la naturaleza humana lo es. Cabe a nosotros, como individuos y comunidad, buscar medios y trabas de autocontrol y contención.

Aunque hay que tener cuidado con estos mecanismos de seguridad, que en nombre de un supuesto “bien mayor y general”, puede terminar por amenazar las libertades individuales y colectivas, sofocando e intentando cambiar la cultura a la fuerza. Dos ejemplos claros de eso en el fútbol son los casos del Reino Unido a partir del principio de la década del 1990 y Brasil desde los años 2000.

Hooligans, desastres, Thatcher y Informe Taylor

Hasta los años 1980, el fútbol británico, especialmente el inglés y el escocés, era conocido como uno de los más violentos, sino el más violento del mundo, en lo que decía respecto a las hinchadas. Una serie de accidentes e incidentes, la inercia y desinterés de las instituciones estatales, futbolísticas y de los clubes al largo de décadas le hicieron la fama. A eso se sumaba la falta de estructura y seguridad adecuada para la presencia de grandes públicos en sus estadios.

Episodios como el desastre de Ibrox (1971), cuando fallecieron 66 hinchas en un Rangers vs Celtic un trágico accidente donde hinchas de los Teddy Bears empezaron a caerse y pisotearse; los enfrentamientos entre las hinchadas del Celtic, Rangers y fuerzas policiales en la final de la Copa Escocesa en Hampden Park (1980), fueron arrestadas más de 200 personas; el incendio del estadio Valley Parade (1985) de Bradford City, cuando los locales disputaban un partido contra el Lincoln City, dejó un saldo de 56 muertos y 265 heridos; y la conocida Tragedia de Heysel (1985) en la final de la entonces Copa Europea, hoy UEFA Champions League, en Bruselas, Bélgica, cuando se enfrentaron Liverpool y Juventus, y los kopites atacaron a los bianconeri, totalizando 39 muertos, más de 600 heridos y 34 detenciones, culminaron en un alto número de condenas, inclusive para 14 hinchas de los Reds y altos oficiales belgas.

El evento final que obligó a Whitehall a tomar una actitud en cuanto al caos y la violencia que dominaban el fútbol británico fue la Tragedia de Hillsborough, en la cual una vez más estuvo involucrado Liverpool, que enfrentó a Nottingham Forest en la semifinal de la FA Cup. Debido a la superpoblación de algunos sectores donde se encontraba la hinchada kopite, ocurrió una secuencia de pisoteos y aplastamientos que resultó en 96 muertes y 766 heridos. A partir de ahí, el gobierno en Londres condujo una investigación y tomó una serie de medidas que culminaron en lo conocido como Informe Taylor, en referencia a Peter Murray Taylor, Barón Taylor de Gosforth, Lord Jefe de Justicia, en el gobierno de Margaret Thatcher, que en Argentina sabemos muy bien de lo que era capaz para defender sus intereses y lograr sus objetivos.

Este informe, además de responsabilizar a las víctimas por su triste destino, llevó a los clubes británicos a implementar cambios estructurales en sus estadios buscando dar más seguridad y confort al público. Las fuerzas de seguridad pasaron a actuar con auxilio de los servicios de inteligencia de manera coordinada para evitar que los hechos del pasado se repitieran. No obstante todas las mejoras y transformaciones, no podemos decir que ya no hay más violencia en el fútbol británico.

Tenemos que reconocer que la situación hoy es mucho mejor que en el pasado, principalmente respecto a las condiciones de seguridad, confort de las canchas y medios de acceso a las mismas. Sin embargo, los individuos violentos permanecen, solo fueron alejados de las zonas donde se encuentran los estadios. Siguen los conflictos entre hinchadas en partes lejanas de las ciudades, ignorados por la policía, demás fuerzas de seguridad y el Estado en general. Esos conflictos casi nunca se resumen a una rivalidad futbolística, es normal que tengan como fondo motivaciones políticas, religiosas, económicas, comerciales y criminales. Lo que se hizo en Reino Unido fue volver el deporte más popular del país (y del mundo) en uno de los más elitistas que hay, alejando al pueblo y transformando canchas en teatros sin público real, donde casi no se ve la pasión y emoción de otros tiempos.

El Informe Taylor fue en parte sustituido en 2012 por el contenido de la publicación del Hillsborough Independent Panel, una comisión independiente que comprobó que autoridades políticas, de seguridad y parte de los medios de comunicación – en especial el tabloide The Sun -, actuaron en complicidad para ocultar las verdaderas causas del accidente y así culpar a las víctimas. El entonces primer ministro David Cameron se vio obligado a disculparse públicamente ante las víctimas, sus familiares, al Liverpool Football Club y a la ciudad de Liverpool.

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La elitización del fútbol en Brasil

El proceso en Brasil es más lento y menos agresivo, pero tan preocupante y grave como el que hubo en Reino Unido. Desde los años 2000 estadios brasileños vienen pasando por reformas y reconstrucciones, mientras nuevas canchas también son hechas. El ápice de ese período fue entre los años de 2009 y 2016, cuando el negocio inmobiliario fue fomentado y los clubes vieron una buena oportunidad con la llegada del Mundial 2014 y los Juegos Olímpicos dos años después.

Así como sus pares británicos, las autoridades brasileñas se concentraron en mejorar las condiciones de seguridad y confort de los estadios para el público, pero haciéndolo de una forma en que favorecen la elitización de los espacios. Eso tiene todavía un efecto más nefasto en la sociedad brasileña que en la británica, por la desigualdad y la amplia diferencia de poder adquisitivo.

Asimismo, fueron instituidas medidas de seguridad paliativas, como la prohibición o limitación de entradas, uso de materiales como banderas, bengalas, fuegos artificiales, bebidas alcohólicas, de cánticos, formación y presencia de grupos organizados y la presencia total o limitada de hinchadas visitantes. Pero no hay, como no hubo en Reino Unido, medidas que ataquen las causas históricas, sociales y económicas de la violencia en el fútbol y, por consiguiente, en la sociedad. Apenas se aleja y marginaliza a una parcela de la población que hace mucho ya se ve excluida de casi todo.

Una alerta para Argentina y también Uruguay

Como he dicho anteriormente, Argentina y Uruguay tienen la intención de recibir un campeonato mundial en 2030. Sería una gran oportunidad y experiencia en todos los niveles para ambos Estados, pero hay que estar alertados para que no suceda lo que pasó en Reino Unido y está pasando en Brasil.

El fútbol es un deporte y una pasión para muchos, pero también un negocio para otros, un negocio importante y cada día más rentable, además de un espacio que permite con cierta facilidad y complicidad  la corrupción, en especial el lavado de dinero. Hay demasiados intereses por detrás de la voluntad de un país en ser sede de un mundial, buenos y malos. Las instituciones, sean gubernamentales, estatales o privadas, nacionales o internacionales, y más aún los individuos que las encabezan y controlan, ya mostraron por más de una vez que son capaces de hacer absolutamente de todo para llegar adonde quieren, no les importan los medios que tengan que utilizar.

Más allá de todo lo que se pueda hablar de los hechos en el fútbol de la última semana, debemos acordarnos que esta es, al menos por el momento, la última final de la Copa Libertadores con dos partidos y equipos locales. A partir del próximo año la final será en campo neutro y en un único partido. Hay un gran interés de la CONMEBOL en llevar las finales únicas para países de fuera de nuestro subcontinente, como EE.UU. Y tampoco nos podemos olvidar que para implementar los cambios en Brasil y Reino Unido, se permitió y hasta se incentivaron disturbios que generaron tragedias y caos. Esto tiene que ser una alerta para el pueblo argentino, y para el uruguayo también.

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Escribió

Raphael Fernandes Vieira

@raphaelfvmg

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