Pensar y razonar

 

Pensar acerca de un tema es hacerlo con absoluta naturalidad y fluidez, como cuando lejos de proponérselo uno se atrapa haciéndolo. Un momento de libertad se encuentra en ese instante previo a la captura de uno mismo (la cual termina cohibiendo el pensar), instante que no atestigua un concepto, sino una experiencia emocional. El pensamiento, como ese momento de libertad, pertenece al reino de las emociones, tal como la mirada de los bebés o los sentimientos que despierta la música, al dominio espiritual. Existe una frontera muy incierta entre lo emocional y lo espiritual, y entre éste y el pensar.

Pensar es tratarse a sí mismo como amigo, convertirse en amigo de sí mismo. Es un gesto espontáneo, como una sonrisa o un beso cuando nacen desde adentro. Tiene que ver con ser uno mismo como sea y no con lo que los demás esperan que uno sea. El pensamiento es una forma de arte, porque a través de él hablan hasta los huesos. Es un acto integral: no hay idea sin sentimiento, ni sentimiento sin cuerpo que lo aguante.

Razonar ya es otra cosa. Es acorralar al río y hacerlo represa: de flexible naturaleza a rígido artificio. Es hacer del momento personal y emocional de libertad un momento de impersonal necesidad, donde los bebés simplemente no entienden y la música no toca (el corazón). El razonar desdeña lo emocional y lo espiritual por considerarlo «no razonable».

Razonar no es hablar de uno mismo sino proceder como un impersonal, como una máquina preconfigurada para la sistemática planificación y para hacer circular por cintas argumentativas lo que podría ser pensado; etiquetarlo, moldearlo, y empobrecerlo mediante las agresivas herramientas de la lógica. Los argumentos allí mueren como tales. Ellos son reales en la acción de pensar, porque aquí no encarrilan, no oprimen, no golpean con la vara para que uno camine derecho. Razonar es la única opción para los egos que, sin percatarse de sus cadenas, las festejan y colocan ―cual guirnaldas― a los demás.

Pensar es comprender que el razonar tiene su validez solo como instante matizado e ínfimo del pensar mismo y que desligado de este (descorazonado) resulta desbocado y peligroso. Piensan quienes desde la menta afable de su pecho dan a luz las palabras del espíritu que son siempre las palabras justas.

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Escribió Santiago Tabarrozzi

Gráfica de Lucas Martínez

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