A propósito de ANIMAL

¿Qué nos hace iguales? ¿El sistema funciona? ¿A quién le echamos la culpa? ¿Qué sucede cuando tomamos consciencia? Es posible que al ver Animal de Armando Bó, todas estas preguntas se te claven en el pecho.

Es difícil escribir sobre una película como ésta. Es difícil porque es una obra que hace correr vasos de moralina, existencialismos, representaciones urbanísticas de poder y deseos, varias y delgadas líneas… todas azules y todas rojas.

Conocemos a Armando Bó a través de la aclamada Birdman (2014), que se hizo de 4 premios Óscar, 2 Globos de Oro y decenas de premios y menciones en los festivales alrededor del mundo. Excelente película para el disfrute de los amantes de los planos secuencia, las bandas de sonido atípicas, las filosofías, los pesimismos y los críticos del séptimo arte. Con Birdman, Bó dio en la tecla y profundizó su firma, y desde la titulación condicionó la expectativa. Birdman (hombre-pájaro) se completa por una exquisita frase condenatoria: Birdman or (The Unexpected Virtue of Ignorance), que en criollo sería: el hombre-pájaro o la inesperada virtud de la ignorancia. Y no es cosa menor que su siguiente película, rodada enteramente en Mar del Plata, se llame lisa y llanamente: Animal. Ambas películas tienen una línea argumental sumamente crítica hacia el sistema, la vida y las representaciones de la realidad. Pero sobre todo, trabajan las emociones y las razones que implican la dualidad saber/ignorancia, por lo tanto, tratan también sobre el poder.

La película comienza con una descripción de los espacios en un plano secuencia muy refinado. Ya nos está diciendo que la casa en donde habitan los personajes importa. No sabemos por qué, pero importa. A medida que la cámara se desplaza  nos va presentando a la familia, cada uno con sus afecciones e intereses, guiños de personalidad y modismos. En ese único plano que sigue el recorrido de Antonio, el protagonista, también nos muestra los colores que usará durante toda la obra, intensificados a lo largo del desarrollo del conflicto.

Dentro de la casa del barrio Los Troncos, uno de los barrios más caros de la ciudad de Mar del Plata, se resuelve la familia perfecta: la mujer, Susana; la hija y el hijo. Todos “cumplen” perfectamente los roles sociales. Afuera está amaneciendo, Antonio sale a correr como todos los hombres que le pueden dedicar tiempo y constancia a su bienestar físico. Recién aquí nos percatamos de un corte en la secuencia, que la edición enlaza elegantemente a otra locación. Se nos presenta el paseo de Playa Chica, la cámara persigue de espaldas el trote del protagonista y de a poco se acerca a su rostro que queda de perfil, con el sol saliendo a la altura de sus ojos. Antonio se desploma saliéndose de cuadro. En pantalla queda el paisaje, la presentación del problema como horizonte. El primer salto alterable en los primeros diez minutos de película.

En las escenas siguientes comenzamos a ver la intencionalidad de un animal carnívoro. Antonio de espaldas entre vacas descabezadas y colgadas en lo alto de los ganchos de un frigorífico. Pasaron 712 días del precoz quiebre dramático y sabemos que está haciéndose diálisis y que necesita un trasplante de riñón. Algo está por pasar, su casa ya no es un lugar apacible, sino un ambiente fantasmagórico. Es un lugar donde Antonio se ve acechado por la muerte. El hijo, a pesar de la buena intención, se niega a donarle su riñón. En este momento nos interpela la primera de las preguntas incómodas: ¿qué estamos dispuestos a hacer por un ser querido? La escena pasa al rojo sangre: Antonio está haciéndose tratamiento mientras se entera que su compañero murió días antes. La proyección de su propia muerte en la de su compañero es evidente. Por primera vez lo oímos decir: “el sistema no funciona. Hay que hacer algo”. El miedo ya invadió la película. Esa noche, en medio de una tormenta literal y emocional, el protagonista encuentra un anuncio: “Cambio riñón por casa”. A partir de este momento el espectador también se corrompe por la necesidad de salvar a Antonio. Empatizamos con su desesperación y criticamos al sistema, ya no podemos esperar a que la burocracia funcione. Pero, ¿qué implica esta vez  saltarnos las leyes?.

“Todos. Todos me obligaron. Este tipo que está acá atrás tuyo, y Lucy, el puto sistema, Susana (…) Soy un buen tipo. Hago las cosas bien. Soy un laburante. ¡La re putísima madre que me parió! Siempre respeté las reglas… toda mi vida. Me perdí las mejores partes de la vida por eso. Ahora no me queda otra. Si hago lo “correcto” me muero y eso no puede ser lo correcto.”

Antonio Decoud  en Animal de Armando Bo (2018)

Los días siguientes, el protagonista comienza a relacionarse con el universo opresor del sistema de un modo diverso, detalles que antes lo tenían sin cuidado ahora son indicios del mal funcionamiento de las cosas. En una línea de diálogo su jefe dice: “Yo mandaría a matar a mi vieja si reemplazarían a cada uno de ustedes por un japonés”. La idea de “no hay códigos”, de “sálvese quién pueda” y de “todos somos un número” empieza a rondar por la cabeza del protagonista y del espectador y Bó nos lo comunica con el corte a la escena siguiente, mostrando a Antonio frente a la cinta de producción fordista e intentando persuadir a un empleado de que le venda su riñón: ¿hace cuánto que no te aumentan el sueldo?.  Esta última frase nos habla de una extorsión significativa en relación al cambio en la personalidad del protagonista. Las herramientas propias del poder para conseguir objetivos sin importar los medios, se ven recaer una tras una en la toma de decisiones de los personajes. Aunque sus intenciones sean, aparentemente, bien intencionadas, aunque no haya un dedo enjuiciando su comportamiento.

A partir de ahora, Antonio conocerá al hombre del aviso por internet y le ofrecerá una casa. El personaje de Eliseo representa todo lo opuesto a Antonio. Aquí aparece otro escenario emblemático de la ciudad: el château Frontenac, ahora venido abajo y en la película expropiado por ocupas de mala muerte, drogadictos y ladrones. Es su antípoda, es la paria social, el residuo, lo inservible. Representa, en definitiva, a aquello por lo cual el capitalismo resultó exitoso. Ninguno de los dos, ni Antonio ni Eliseo parecen ser culpables de la situación de clase que los envuelve, los dos viven de una aparente libertad en la toma de sus decisiones: uno desea vivir de arriba, el otro a costa del esfuerzo. Cualquiera diría que son estados naturales o naturalizados, cualquiera se inclinaría a favor del trabajador y rechazaría a  quién se abusa (a lo largo de la película) de los ofrecimientos de Antonio.

Si leemos entre líneas hay varios enfoques para leer estas escenas, y muchos ya fueron dados a lo largo de la historia del cine a causa de los ya trabajados antagonismos sobre ricos y pobres, villa y ciudad, etc. Pero aquí sucede que Animal le hace frente a contradicciones morales que son muy difíciles de afrontar con honestidad. Vemos cómo de pronto la existencia de Antonio, al parecer estática y tranquila, es movilizada por situaciones ajenas a todo aquello que experimentó como vida y debe hacerse de nuevas maneras y formas de pensamiento para sobrellevar las situaciones que se le presentan; debe sufrir el famoso proceso de extrañamiento y, en las películas de Bó, estos procesos son abrazados por la importancia de trabajar los espacios.

Las dicotomías sociales del sistema capitalista, trabajadas en Animal a partir de las locaciones, aparecen de manera explícita. Son sitios representativos de la identidad de la ciudad que dialogan continuamente. Pensamos en ellos como representativos de las identidades sociales y a la vez con capacidades de crear y fomentar necesidades y deseos. Así es como el contexto social configura un mapa completamente distinto al de la geografía urbanística. Eliseo y Lucy quieren algo que tiene Antonio y no referencia solo a su casa del barrio Los Troncos, sino a un modo de vida específico. Uno al cual, contradictoriamente, desprecian. Por otro lado, Antonio quiere algo que tiene Eliseo, su riñón; y solo puede conseguirlo bajo la condición de posibilidad que le da su status social.

También la construcción antípoda de los personajes, por ejemplo, la pareja de Eliseo-Lucy, es muy  rica para visualizar las representaciones y los prejuicios que constituyen (en nuestro caso, en el cine como estructuras estructurantes) las realidades de un grupo urbano que habita las ciudades. Las relaciones se mueven en una dialéctica que deja al descubierto las falsas necesidades de un sistema, al momento en el que todos sus protagonistas se preguntan por la vida que desean tener real e íntimamente, cuando se cuestionan por qué están haciendo lo que están haciendo o cuál es la razón de sus acciones.

Eliseo y Lucy representan el poder de la ignorancia, del sexo animal, el desorden, la falta de higiene, la improvisación, el arte de la persuasión, la imposición, la exigencia. Hay una escena clave, donde Eliseo y Lucy toman el poder alrededor de los espacios. La noche que Antonio está a punto de explicarles a sus hijos sobre el trato con la pareja, ellos se presentan en la casa de familia, se abren paso en su interior y se sientan en la mesa ocupando todos los espacios y todas las atenciones. Un clímax de tensión rodea la escena. No sabemos de qué son capaces los intrusos, pero que son capaces, seguro. Aparecen como el diablo, por la noche, sentados en tu mesa, besando la frente de tu hijo. “Capaz lo despertó una pesadilla”, le dice Lucy a Susana a causa del llanto del bebé. La pesadilla son ellos (¿o acaso el sistema?), rojos como el infierno, como la sangre.

Existe otra escena que relacionamos con las anteriores en vistas del capitalismo haciendo uso de los residuos humanos. Está rodada en el puerto de Mar del Plata y muestra zonas de cabarets y prostitución. También debemos ponernos y sacarnos varios anteojos para leer esta escena que envuelve el lugar de las trabajadoras sexuales y cómo son pensadas desde el poder, pero no demoraré al lector en spoilers anti-sistema.

El argumento fluye y nos mantiene en tensión hasta el último momento de la película, escena final que Armando Bó resuelve con simbolismos formidables y donde las palabras huelgan. El giro en el guión y la búsqueda filosófica nos sumergen en una confrontación con nosotros mismos. Alguien dijo una vez que la búsqueda primera del cine es provocar algo, movilizar algo, no importa qué. Aquí nos enfrentemos a este tipo de movimientos: ¿dónde radica la doble moral? ¿a quién le echamos la culpa? ¿Podemos asegurar cómo reaccionaríamos ante la mayoría de las cosas? ¿Podemos hacer lo mismo que criticamos? ¿Hasta dónde podemos llegar? ¿Qué nos hace iguales? Animal trata sobre todo esto.

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Escribió Carla Duimovich / IG @carla_duimovich

Gráfica de Lucas Martínez / IG @antlucasmar

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