La izquierda y la derecha

Tenemos muy arraigado hablar en términos de «izquierda» y de «derecha». Algunas veces decimos que si uno quiere la socialización de los medios de producción, es de izquierda y que si no la quiere, es de derecha. Otras veces podemos ponerle contexto a ese «querer» y así decir que ser de izquierda es ampliar derechos y mejorar la condición de vida de las personas (aun) en un marco de capitalismo nacional, en contraposición a frenar toda actitud del Estado en este sentido y a priorizar la liberalización del mercado.

Otra manera distinta de concebir esta dualidad, consistiría en observar dónde uno coloca el paraíso: si el paraíso (una supuesta edad de oro) uno lo coloca en el pasado y lo añora, es de derecha; si, por el contrario, pone el paraíso en el futuro como ideal por alcanzar, es de izquierda. Incluso, sería posible pensar la filantropía en general como una posición de izquierda y el descorazonamiento ante lo humano como una posición de derecha.

Es entendible y explicable nuestra tendencia a hablar de izquierda y de derecha, ya que nuestro pensamiento está culturalmente estructurado de manera dicotómica: tenemos el bien y el mal, la justicia y la injusticia, el ser y la nada.

Creo que estas maneras de pensar la izquierda y la derecha son adecuadas, pero también creo que existe otra manera indispensable: tal vez, ser de izquierda tenga que ver con ser crítico y ser de derecha con ser acrítico; no crítico del sistema capitalista en particular, sino de todas las cosas y no de una manera destructiva, sino apuntando al progreso (perdón por tan pesado concepto dieciochesco) de una persona, de una sociedad, de la humanidad. Ser de izquierda consistiría en invitarse a sí mismo, e invitar a otro, a hacerle una pregunta incisiva al dogma.

En sentido riguroso, creo que ser de izquierda consiste en sentirse cercano a todas estas opciones: al socialismo, al Estado de Bienestar, a la utopía, a la filantropía y, especialmente, a la crítica (entendida como núcleo articulador de las demás); pero por supuesto que no solo declarativamente, sino principalmente en la acción, pues aquí es donde las apariencias se esfuman y donde, en ocasiones, nos convertimos en aquello que no queremos ser. En definitiva, cada ser humano se presenta como la tensión terrible que impera todo el tiempo en el medio de los contrarios.

Frente a esta concepción de la izquierda, podría decir que ser de derecha no es sólo fortalecer, en cada pequeño gesto, el orden capitalista (con su columna vertebral de injusticias y desigualdades) o dar rienda suelta al mercado para que haga su gracia, sino también, matar la utopía en la mesa del pragmatismo político, concebir al otro (pobre, extranjero, etc.) como enemigo, hablar de la defensa de la educación pública y llevar a nuestros hijos a una escuela privada. Ser de derecha es no reflexionar, perderse en la banalidad de las cosas y llevarse en ese viaje hacia la nada a millones.

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Escrito por Santiago Tabarrozzi

Gráfica de Lucas Martínez // IG @antlucasmar

 

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