Es la semántica, estúpido

Quizá ese sea nuestro gran problema. Hemos naturalizado una pauta que nos ha legado la historia, a través de las instituciones que moldean muchos de los significados en nuestras vidas. ¿Hay un solo tipo de amor? ¿Decimos todos lo mismo cuando decimos “te amo”? ¿Y si el amor no fuese un solo sentimiento, sino varios? Las preguntas siguen, y quien lea debería formularse algunas más.

Es sabido que a lo largo de los siglos, el concepto y las implicancias del amor mutaron, sobre todos aquellas relativas a la organización dentro de la estructura social en la que se enmarcan los amantes. La unión conyugal nacida preponderantemente por amor y no por conveniencia es una novedad en términos históricos, siendo también que la noción misma de unión conyugal es hoy mucho más inclusiva que en tiempos pasados; por dar un ejemplo.

Si bien hoy podemos decir que nuestra sociedad goza de avances significativos en materia de derechos civiles, nunca está demás echar una mirada a quienes nos precedieron, ya que el devenir histórico ha hecho prevalecer ciertas ideas sobre otras, y quizás aquellas relegadas puedan aportar nuevos enfoques para nuestra contemporaneidad.

Por ejemplo, los helenos hacían una distinción cuaternaria de este particular sentimiento que denominamos genéricamente amor. A saber:

Eros: Amor apasionado, sexual, de arrebato. Una “locura divina” como se le llama en el Fedro.

Ágape: Amor que encuentra su placer en dar. Le son propios el desapego y la entrega.

Philia: Amor fraterno, de cercanía e interés. Es amor de familia, sobre todo de padre e hijo.

Storgé: Amor que llega con el tiempo, profunda estima y aprecio, amistad, no suele expresarse explícitamente.

Ya Nietzsche advertía cómo el cristianismo puso al ágape como amor divino y censuró al eros por impuro, pero esta es una denuncia al margen. La cuestión principal es que en la lengua castellana, usamos el sencillo y llano término “amor” para referirnos a todo esto que arriba se menciona. Quizá amistad, o mejor, amistad verdadera puedan ser válidas para Storgé. Pero la distinción griega va más allá, es más específica. ¿Pobreza semántica? ¿Pereza de los traductores? Tal vez.

Compactar todas estas formas en una simple palabra sintetiza el ideal de amor para el habla hispana, y también para algunos idiomas vecinos. Tomemos el caso del inglés, donde no se puede matizar el querer y el amar. Todo es I love you. Podría alegarse appreciate, pero para nosotros los hispanoparlantes es apreciar, que es inferior a querer. Te aprecio hasta nos suena frío. Nosotros queremos, amamos, abrazamos, besamos, hacemos el amor. En todas esas actitudes se revelan, si se observa con cautela, todos los tipos que en griego se ramifican y aquí son todos amor.

Hasta nuestros días esto es así, y ello representa un problema. Con nuestras formas de vida actuales, que pugnan por mayores libertades y ponen en cuestión aquello que nos es impuesto remotamente, quizá sea conveniente empezar a distinguir cómo amamos a cada quién.

El modelo de amor volcado a una persona en particular, que debe -convencionalmente- contener lujuria, amistad, apego, entendimiento, aprecio y tantas otras cualidades se está resquebrajando. “Ayer me sentía mal y no me preguntaste por qué. Pensé que me amabas”, “Sabes cuánto te amo, pero necesito estar con otras personas”, “El sexo es 50% de la relación” Cuántas veces escuchamos estas voces y muchas otras similares. ¿No sería mejor especificar? “Te amo, pero es amor de Eros. Vos sabés lo que eso implica” Esta pequeña distinción puede salvar muchos sentimentalismos bobos, y otra como “Mi amor es de storgé, dejemos la lujuria de lado” puede aliviar la tensión sexual que a algunos les sea incómoda. Suena ridículo y poco práctico, pero ilustra el punto.

Nuestras formas de vida han cambiado, y es necesario repensar nuestras expresiones. Las palabras no son sacras e inmóviles, deben evolucionar conforme a los hábitos de los individuos y colectivos sociales que las utilizan -aunque las instituciones que las arrogan como propias y dicen tener autoridad sobre ellas no las quieran reconocer-. Nombrar es dar entidad y poner de relieve, es a todas luces un acto y una lucha política. Pensamos y construimos nuestra cosmovisión y nuestra realidad en base a los conceptos como nos son expresados, significando y resignificando. Entonces, el problema no son las nuevas relaciones que rompen el modelo tradicional y anacrónico de amor, sino -parafraseando a Carville- es la semántica, estúpido.

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Escrito por Federico Peruzzato

en fb.com/fedeperuzzato

Arte de Jorge Chacoma

en instagram @jchacoma

3 comentarios en “Es la semántica, estúpido

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